memoria antifranquista TRAUMA PSÍQUICO Y TRANSMISIÓN INTERGENERACIONAL

    Publicada en memòria antifranquista del baix llobregat, 2009, núm. 9, pp. 50-54

    Nuestro reconocimiento a los 198 testimonios que han colaborado a hacer posible nuestra investigación sobre los efectos psíquicos de la guerra del 36, la posguerra, la dictadura y la transición en los ciudadanos, por el esfuerzo y el coste emocional que este trabajo les ha significado.

    En el Estado Español, la Guerra del 36, la gris, triste y horrible posguerra pueden ser consideradas como hechos especialmente crueles que perduran como “huellas”, como marcas y heridas difíciles de psi(ci)catrizar en la subjetividad tanto de aquellos que fueron protagonistas directos, como en las generaciones que les han sucedido.

    En muchos países se han vivido situaciones traumáticas, y la manera como se ha soportado, como se han interiorizado y/o como se han superado –cuando ha sido posible- es diferente.

    También la tarea y el trabajo de reflexión y de recuperación de la memoria sobre los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX se ha iniciado a diferentes velocidades según los países.

    Aquí, a pesar de haber sufrido una de las represiones más antiguas, y largas, sólo se ha empezado muy recientemente el trabajo de recuperación, impulsado desde algunas Instituciones y desde el trabajo que aportan historiadores y periodistas.

    Este retraso, es la consecuencia del exilio forzado y voluntario que sufrieron muchos ciudadanos, del aniquilamiento económico y cultural de este

    país, y del pacto no escrito entre los partidos que lideraron la transición política española para silenciar la historia con el objetivo de “no reabrir heridas” o no “desvelar fantasmas del pasado”.

    El mismo enunciado ya muestra que todavía existían y existen heridas y fantasmas.

    Porque el terror durante la posguerra y la dictadura, además de ser una actividad con finalidad represora, se convirtió en un método de control social, y en un elemento importante de la forma de gobierno franquista.

    Se impuso el silencio, la clausura de la palabra, como única posibilidad de sobrevivir. El propio régimen franquista apelaba a la población a “no participar en política”, y este consejo quedó anclado en muchas de las personas que vivieron la guerra y la dictadura. Se creó en la población una relación casi causa-efecto entre participación política y desgracia. Todos sabemos como el miedo y la ignorancia son a veces los mejores aliados de la derecha y por descontado de los fascistas.

    La opresión franquista produjo un maltrato general e indiscriminado, especialmente sobre las víctimas menos organizadas, las más débiles.

    Este maltrato grave y continuado en el tiempo significó la aparición de numerosos y graves síntomas a nivel de la salud y la salud mental tanto individual como familiar.

    Y si lo tratamos sólo como algo del pasado, negamos las consecuencias sobre el presente y sobre el futuro y, a la vez, no se permite hacer el duelo, es decir reconocer otro tiempo, el de la subjetividad.

    Desde junio del 2003 estamos reflexionando, en el marco de nuestra investigación, sobre los efectos que los ciudadanos y la sociedad en general sufrieron como consecuencia de estos hechos, pero también sobre el olvido, la tergiversación y la negación sistemática de la historia.

    El trabajo de investigación que hemos tenido el privilegio de dirigir para la FUNDACIÓ CONGRÉS CATALÀ DE SALUT MENTAL, y en el que han participado un grupo interdisciplinar de veinticinco profesionales, ha analizado los efectos traumáticos desde una perspectiva interdisciplinaria, entendiendo al sujeto como un ser biopsicosocial.

    Desde el psicoanálisis y su clínica sabemos de una temporalidad inconsciente, que no obedece a una cronología clásica de presente, pasado y futuro. A menudo observamos que el pasado en el inconsciente se expresa a través de síntomas, de sueños y/o de lapsus y en repetición de lo “traumático”. El pasado siempre se vuelve presente.

    En nuestro campo profesional, a pesar de que no se ha hablado mucho a nivel social, los profesionales del Psicoanálisis y de la Salud Mental, hace años que trabajamos y escuchamos –en la intimidad de nuestras consultas y en grupos – a pacientes afectados por la horrible violencia que estuvo presente en este país.

    La hipótesis de trabajo de la que partimos es que los traumas vividos –sobretodo en situaciones denominadas de “catástrofe social” – no se agotan en la generación que sufrió directamente la experiencia, sino que se transmiten a sus descendientes, afectando a segundas, terceras y cuartas generaciones.

    Nuestra investigación, por razones de oficio, analiza el impacto y las consecuencias psíquicas en los sujetos afectados y la repercusión en su entorno, así como la transmisión a les siguientes generaciones.

    Porque olvidar y recordar son funciones psíquicas que interactúan dialécticamente y son fundamentales en relación al pasado y al presente, tanto a nivel individual como colectivo. De hecho, al no poder hacer el duelo por lo perdido y sufrido, no es posible elaborar lo que ha pasado. A pesar de no existir palabras, lo vivido se transmite a través de los afectos, de lo no-dicho, y de los secretos. Y ello produce efectos específicos en la estructuración del psiquismo de los descendientes.

    Por tanto, la clausura de la palabra, el silencio, la inducción al silencio y al olvido, y el maltrato repercuten en la salud mental y corporal de los supervivientes, de sus familias y descendientes, y enferma al conjunto de la sociedad.

    Ponemos énfasis especial en los efectos de la represión y el silencio en las mujeres y sobre aquellos que sufrieron la desaparición de sus familiares, la cárcel y el exilio interno y externo.

    Nuestro trabajo se propuso entre otras cosas estudiar los efectos en las familias: en las mujeres y en las madres, las más próximas a los hijos y, por tanto, a la transmisión vinculada al valor libidinal que tienen aquellos para la madre y cómo su influencia determinará la orientación del deseo. Pero ello, sin olvidar a los hombres y a los padres, muchos de los cuales participaron activamente en los acontecimientos, pero silenciaron y/o clausuraron su historia.

    Queríamos reflexionar sobre la relación entre el trabajo psíquico, la trama vincular y la producción colectiva de la memoria. Estudiando la problemática intergeneracional queríamos conseguir, en un futuro próximo, el reconocimiento, en el ámbito de la salud física y mental, como atención específica a partir de la primera anamnesis.

    Queríamos reconocer en la patología emergente sus raíces en el trauma histórico, reconocimiento que no es habitual ni frecuente.

    Y queríamos crear conocimiento social del terror, a partir del reconocimiento de los efectos que produce en los sujetos, porque estamos convencidas que es preciso interrumpir la transmisión mortífera que podemos observar todavía hoy.

    Las historias que hemos ido recogiendo a lo largo de la investigación, hacen referencia a lo central del trauma psíquico:

    La dialéctica de un conflicto, de una contradicción, entre la tendencia –muchas veces impuesta, y otras veces escogida para poder sobrevivir- de negar y olvidar, y el deseo de saber y más adelante de testimoniar, de proclamar en voz alta, de dar significación a todo lo vivido: el desamparo, el miedo, la vergüenza, la humillación, el silencio, la culpa. Aquello que hizo del sujeto un prisionero inexorable de los procesos que le generarán dolor a lo largo de toda su vida.

    En muchos de los testimonios recogidos aparece, tal como lo llama Freud, la Resignificación, es decir, la inscripción del dolor, en la historia personal y en la colectiva.

    Queremos destacar algunos elementos generales que hemos podido encontrar en los testimonios analizados en el estudio, en relación a los efectos que tienen incidencia en las funciones parentales y en la transmisión:

    Entre les mujeres, aquellas que sufrieron torturas, exilio y maltrato continuado, que esperaron años para ser madres, con miedo y desconfianza en su capacidad para proteger a sus hijos de los peligros.

    Mujeres-madres que tuvieron que abandonar a sus hijos para protegerlos o para luchar por la defensa de sus valores.

    Mujeres que para salvar a sus seres queridos fueron utilizadas como botín de guerra.

    Mujeres -de diferentes generaciones- que tuvieron que renunciar a una vida afectiva y sexual para hacerse cargo de madres enfermas de pena y de dolor, siempre de negro, siempre de luto. Y que, por tanto, no ocuparon el lugar que les correspondía, con un sufrimiento importante y con un daño enorme a nivel de salud mental.

    Con la pérdida del proyecto social, muchas tuvieron que renunciar a tener un lugar de paridad con el hombre: en relación a su cuerpo, a su sexualidad, a la casa, a la sociedad, a los estudios, a los trabajos, etc.

    Otras mujeres sufrieron las consecuencias del castigo que impusieron a sus maridos, el hambre, la inseguridad. Mujeres que transmitieron a sus hijos un miedo permanente a las circunstancias de la vida; una insatisfacción sobre el hombre que no había podido defenderse y defender a su familia. Ellas tuvieron que dar un soporte, aunque débil, cuando también estaban en situación de debilidad.

    Entre los hombres, aquellos que han sobrevivido y han silenciado y clausurado su historia: hemos encontrado muchos que habiendo participado en la Guerra, habiendo sido prisioneros, torturados, excluidos de tener un trabajo digno, tenían serias dificultades en las relaciones familiares y sobretodo con los afectos.

    Otros hombres –padres desaparecidos o asesinados-, que han sobrevivido en el recuerdo con gran idealización, transmitida como la exigencia de un modelo a seguir, los hijos de los cuales han presentado dificultades para construirse como sujetos, para identificarse y para mantener la cohesión interna.

    Muchos hombres con la cabeza gacha. Vencidos, débiles y heridos, con fallos, fracturas y graves dificultades para hacer la transmisión simbólica a la generación siguiente (especialmente en el caso de hijos de desaparecidos).

    Otros hombres violentos o irritables.

    La organización de la personalidad quedó debilitada por el sufrimiento interno, y las defensas adaptativas cedieron.

    Entre los niños y los adolescentes: los niños no comprenden por qué sufren los adultos y tienden a pensar que ellos son los culpables por algo que han hecho. Las reacciones desmesuradas de los padres les parecen enigmáticas e incomprensibles. Tampoco pueden explicarse los motivos por los que el padre está en la cárcel si sólo los que hacen cosas muy “malas” van a la cárcel, tal como decía el discurso dominante.

    Los niños construyen pues una historia propia a través de la cual intentan comprender los trastornos de los padres y así mitigar la angustia que les provoca lo incomprensible. Así debemos entender que es el carácter emocional – el medio ambiente psíquico – del traumatismo lo que tiene poder de rebotar, de transmitirse.

    Hemos podido ver cómo muchos niños y adolescentes, con su frágil aparato psíquico, se hacen cargo del exceso de sufrimiento que sus padres no pueden asumir, lo que genera la aparición de múltiples síntomas y de inhibiciones de diversa importancia clínica.

    El trauma psíquico sin elaboración tiene repercusiones –conscientes e inconscientes- sobre los descendientes. No se trata de una transmisión de síntomas, sino de una percepción del sufrimiento de los padres por el lado de las identifi caciones, que es el mecanismo fundamental en la constitución del psiquismo humano, en tanto reconocimiento del “yo” y del “otro”.

    Hemos trabajado especialmente sobre el efecto traumático y su transmisión a las generaciones siguientes.

    En la primera generación y en una parte de la segunda, el horror del impacto de la guerra y la represión, tal como se ha descrito, ha producido un agujero (un paradoxal vacío/lleno: no se hablaba), pero el dolor estaba tan presente que se mostraba sin palabras. Esto produjo un gran desmantelamiento psíquico y afectivo que se ha transmitido a las generaciones siguientes.

    La segunda y la tercera generación han heredado parte del agujero dejado por el trauma, por el duelo inacabado.

    Respecto a la cuarta, no tenemos datos significativos todavía, pero en función de los que disponemos hasta hoy, podemos decir que hay efectos evidentes.

    Comprobamos que cuando ha habido un encuentro del psiquismo con un hecho traumático aparece una irrupción violenta que deja como marca una herida abierta, expresada a través de un síntoma en forma de queja interminable; en forma de heridas renegadas y/o transformadas en exceso de negatividad; y, en otras situaciones de extrema amenaza, todas las funciones conectadas con el narcisismo (la estima propia) están profundamente alteradas.

    El psiquismo ha sido ocupado por el sufrimiento. Lo que está en peligro no es sólo la vida física, sino también la psíquica, es decir, la existencia como sujeto. Lo humano en su dimensión más sensible es lo que estaba en juego.

    El desamparo, tanto en la guerra, como en la posguerra y la dictadura, transformó y modificó los vínculos –los vínculos de referencia– y desarticuló los ejes de pertenencia social, incrementando una cohesión defensiva.

    Las desapariciones, especialmente frecuentes en el caso de las Baleares, provocaron un alto grado de dolor psíquico e importantes alteraciones. Observamos como particularmente siniestro la contemplación del secuestro de un padre y el consiguiente no reconocimiento como negación de la propia percepción. En muchos casos se produjeron efectos de características psicóticas que perdurarán durante años.

    Estas experiencias de horror, se han incluido en el psiquismo como un cuerpo extraño. Se expresan a veces como síntoma físico y en otras como “huellas” ancladas en el carácter en forma de aprensión, el miedo a un gesto, a una mirada, a una palabra.

    Hemos encontrado alterada la actividad simbólica: pensar, la capacidad de discriminar y de sintetizar, la estabilidad temporal y espacial, la estima y el reconocimiento de uno mismo, así como los lazos sociales.

    En todos los casos encontramos negación –mecanismo defensivo necesario para sobrevivir-. Cuando la negación se convierte en denegación las dificultades para elaborar el duelo son todavía más importantes. La gran carga emocional que acompañaba a los testimonios en las entrevistas nos confirmaba la actualidad de los duelos no elaborados, transmitidos entre generaciones; que tiene efectos en la cotidianidad y de los cuales el sujeto no siempre es consciente.

    En situación de prolongación del duelo dentro del núcleo familiar, porque este duelo está situado en el límite de lo elaborable y es imposible de hacer, queda también obstaculizado el proceso de construcción del sujeto.

    Constatamos la grave alteración de la trama simbólica y del vínculo social.

    El clima que se transmitió fue de enrarecimiento y de desconfianza, incluso hacia los propios hijos. Esto confirma la hipótesis de que los traumatismos sufridos en las catástrofes sociales destruyen la confianza, porque compartir es equivalente a peligro.

    El exilio, tanto interno como externo, especialmente el de ciudadanos de clases sociales más bajas, fue un factor más de desclase y de desarraigo, sobretodo en el caso de las mujeres.

    A pesar de todo lo vivido, algunos ciudadanos de estas generaciones han hecho el difícil camino de narrar su experiencia por diferentes vías: testimonio, análisis, terapia y otros –sublimación, en definitiva y así vemos que cuando el horror y el dolor pueden ser traducidos a relato, superando la queja y el llanto, podemos confiar en que algo de la transmisión entre generaciones podrá recuperarse.

    Este es un camino complicado, largo, que pasa por la experiencia psíquica de soledad y de exclusión. Buscar el reconocimiento de la experiencia de tortura y de genocidio, como lo hacen las entidades, las instituciones, nuestro estudio y este espacio que hoy compartimos, significa abrir claustros y romper silencios, y es a esto a lo que estamos comprometidas.

    En casi todos los testimonios encontramos la coincidencia de cómo la represión sufrida afecta a todo el núcleo familiar, así como también las consecuencias del silencio, y de la tergiversación de los hechos.

    Podríamos pensar que el drama culmina aquí, en el efecto de la catástrofe social, en el traumatismo, y es justo al contrario, comprobamos que es aquí donde empieza. Este es el momento en que puede iniciarse el trabajo de resignificación. Lo confirman los testimonios diciendo “el hecho de hablar a otro ha abierto puertas cerradas durante mucho tiempo y ha producido ciertas transformaciones en mi persona”.

    Podríamos decirlo como lo hace Pavese, la única forma de escapar del abismo, es mirarlo, medirlo, sondear sus profundidades y bajar.

    Para dar cuenta del significado de lo trabajado hasta hoy, nos gustaría exponer sintéticamente uno de los ciento noventa i ocho casos en los que hemos trabajado, relacionado con la palabra clausurada.

    Se trata de un niño, al que llamaremos Pau, que tenía cinco años el 19 de julio de 1936. Paseaba con su padre, cuando un cura y un falangista llamaron a su padre desde un coche y se lo llevaron. Pau quedó solo en medio de la calle. Su padre no pudo despedirse de él, conocía a los que le llamaban y confió en ellos. El cura le garantizó que no le pasaría nada.

    Más tarde Pau reconocerá las caras de los verdugos.

    A Pau lo recogieron unos vecinos y él empezó a darse cuenta de que pasaban cosas extrañas. La familia empezó a buscar al padre pero nadie daba razón de él. Unos decían que estaba en el cuartelillo, otros que estaba en la cárcel, otros que le habían lanzado al mar con una piedra en el cuello.

    A partir del momento del secuestro, Pau se quedó mudo, no habló ni una sola palabra durante cuatro semanas.

    A partir de ese momento empiezan a pasar hambre, a pasar frío y oír gritos en el cementerio. Acompañaba a su madre después para comprobar si entre las ropas que se encontraban en el cementerio estaba la de su padre.

    En el momento en que es capaz de volver a hablar, será en su casa donde no le permitirán hacer preguntas. El silencio ocupó toda la casa y al resto de la familia. Cuando alguien informó de la muerte del padre el silencio ocupó todavía más espacio en la casa. La madre no podía ocuparse de nada, lloraba en todo momento tanto si cocinaba como si planchaba y entró en una situación de grave depresión, creando una barrera, una coraza de hierro que impidió que Pau se pudiera sentir acogido y protegido.

    Lo rechazaba diciendo que hubiera preferido que fuese una chica y así podría acompañarle mejor y sustituirla en las tareas cotidianas. No tenía juguetes y se sentía muy diferente a los otros chicos. Continuó callando siempre y en todos sitios.

    A partir de ese momento lo cuida y lo asea su tía. Comía de lo que le daban los vecinos, pocos, y tanto en la calle como en la escuela lo rechazaban por “hijo de rojo”. La versión familiar que ocultaba la verdad, duró hasta el año pasado: El padre había sido lanzado al mar con una piedra en el cuello. La versión oficial en su ciudad, durante años, la que divulgaron los fascistas, decía que el padre había abandonado a la familia y se había marchado a Chile.

    No fue diferente en la adolescencia, Pau era muy tímido, no salía, no tenía amigos, no iba a bailar (porque al baile sólo entraban fascistas y no dejaban que lo hicieron los hijos de rojos). Le era imposible pedirle a una chica que bailase con él, andaba mal, se bloqueaba al hablar y no sonreía nunca. Hoy tiene todavía la cara rígida y sonríe poco.

    Ha dormido mal toda la vida y ha sufrido muchísimas pesadillas.

    Tuvo muchas dificultades para encontrar pareja, y finalmente se casó con una mujer mayor que él, cuyo padre también había sido fusilado y que sufría de una desorganización importante de la personalidad.

    Vemos pues, cómo el discurso dominante que definía ideas y normas para ser reconocidos en su espacio social, en su ciudad, no coincidía con la realidad de nuestro testimonio y no le permitió nunca ningún reconocimiento.

    No sólo tuvo serias dificultades para construir su subjetividad, sino que estas circunstancias también le impidieron adquirir una adscripción adecuada a las identidades colectivas.

    La ausencia del padre por desaparición, la imposición externa e interna del silencio y la imposibilidad de hacer el duelo que correspondía, generó importantes vivencias desestructurantes y depresivas en toda la familia que imprimieron huellas traumatizantes, transmitidas a las generaciones siguientes.

    Pau no tuvo nunca garantizada la instancia que permite hacer el vinculo social, ni la transmisión de valores, ya que la situación traumática vivida por el grupo familiar produjo efectos identificatorios e hizo que lo traumático se constituyera, total o parcialmente en un aspecto de su identidad.

    En este caso, el trauma se quedó sin elaboración, cerrado y clausurado.

    Durante las tres entrevistas realizadas resultó muy evidente el peso traumático de haber presenciado el secuestro de su padre, y en el momento en que pudo empezar a hablar apareció un llanto insostenido y muchísima angustia.

    Pau padece de ciertas dificultades en las simbolizaciones, importantes reacciones psicosomáticas mal diagnosticadas y numerosos efectos traumáticos que le han acompañado toda la vida hasta el momento presente.

    De hecho él considera estos síntomas y efectos como un pilar en su vida.

    En la historia de Pau es significativo el hecho de que una familia con un padre desaparecido pueda convertirse también en “represora”, y como la víctima se convierte en victimario y/o se victimiza. Estos son fenómenos frecuentes relacionados con la culpa…

    A pesar de la melancolía que le ha acompañado toda la vida, que irrumpió violentamente el día que secuestraron a su padre, Pau, en los últimos meses, ha podido iniciar un cierto proceso de elaboración del duelo obturado, sobretodo a partir de la muerte de su esposa, de la comprensión de la grave enfermedad psíquica que sufre uno de sus hijos, y del deseo de conocer e investigar el destino real de su padre.

    Del deseo de poder decir, de poder testimoniar, en gran parte, como consecuencia de la tarea que llevan realizando las asociaciones memorialistas.

    Aunque a Pau hoy….. Todavía le cuesta sonreír.

    Hemos trabajado sobre los efectos de las violencias del pasado, con la hipótesis de que tienen que ver con el presente. Por ello, si intentamos mantener una democracia en paz, será preciso tener presente los procesos de transmisión del trauma y el conocimiento de los hechos históricos; así como una educación que acepte la realidad emocional y el inconsciente, a fin de evitar repeticiones.

    El trabajo de recuperación de la memoria colectiva deberá encontrar el sentido que proteja contra la aparición del horror, contra la repetición y el silencio de muerte. Es indispensable ofrecer apoyo para que se puedan poner en palabras la verdad, a condición de que no sea falsificada por un discurso o pacto denegatorio.

    Nos gustaría ir más allá de la denuncia, intentando conocer alguna cosa más sobre la estructura de la memoria, para aportar ideas que sirvan a los profesionales de la salud mental a ayudar a aquellos que han sufrido traumas terribles. Se trata de un estudio comprometido con la responsabilidad social de contribuir a paliar el sufrimiento de los que se han enfrentado con el horror, con la maldad y con el sadismo y han podido sobrevivir.

    Así, no tenemos duda de que ninguna sociedad puede sobrevivir al desconocimiento de su historia, por muy terrorífica que esta sea, continuaremos comprometidas en hacer el trabajo de análisis pendiente que permita tomar conciencia, para garantizar que la demanda de justicia sea garante de la existencia del orden simbólico, y que quede también inscrita en la cultura, a fin de impedir que la discriminación se perpetúe, que la mentira ocupe el lugar de la verdad, que la impunidad y la perversión queden instaladas y hagan vulnerable a toda la sociedad y a la propia democracia y por tanto, que los ciudadanos no sean iguales ante la ley. Y ello evitando que se equiparen, en un discurso perverso, el concepto de justicia y venganza, ya que ello haría posible que se considerara el olvido como una de las bases del estado social de derecho.

    Barcelona, Enero de 2009.
    Autoras: Anna Miñarro y Teresa Morandi
    Psicólogas especialistas en clínica y Psicoanalistas

     

    Cuadro de Luis Iriondo superviviente del bombardeo de Gernika, titulado “El Cristo de Gernika” pintado como homenaje
    a todos los inocentes que murieron por el odio de los hombres. Al fondo el paisaje de la noche del bombardeo con un joven
    muerto en forma de cruz con su madre a sus pies. La figura de la madre es real pues está tomada de una foto de aquel día.
    Publicada en memòria antifranquista del baix llobregat, 2009, núm. 9, p. 60

1 thought on “memoria antifranquista TRAUMA PSÍQUICO Y TRANSMISIÓN INTERGENERACIONAL

  1. Hola Anna y Teresa.
    Acabo de leer el trabajo que realizasteis sobre”El trauma Psiquico y la guerra civil”. me parece un trabajo muy bien realizado y muy real. Mi familia tanto de padre como de madre sufrieron todas las consecuencias de la represión y viví el sufrimiento que pasaban aunque, se hablaba muy poco, soy nacido en el 1963, en mi cole todavia se cantaba el Cara al Sol . Mi padre sufrio campo de concentracion, carcel y torturas y un hermano desaparecido en el frente, un desaparecido provoca un sufriento sobre todo a la madre y al hermano del que no se recuperan, estaba presente constantemente y como bien decis yo he intentado buscar respuestas, he escrito hasta el archivo de Salamanca para tener algo de el. Mi padre Zapatero de profesion y militante de CNT y luego de CGT. Por parte de madre una familia dos tios exiliados, tambien militantes de la CNT, que no volvieron hasta 1977, mi bisabuela, abuela y madre trabajadoras del textil en Can Batllo, con fuerte caracter y del barrio de de la Torrassa, nunca se dejaron pisar a pesar de que medio barrio marcho y estaban muy marcadas. Felicitaros por al acierto de vuestro trabajo, mu acertado, no quiero extenderme mas ya que mi unica intencion es que sepais que todavia hay quien leemos articulos como estos, pero estamoa en un pais que la memoria historica esta dominada por el alzheimer que los politicos han implantado.
    Carlos Navarro

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