Traumas: Niños de la guerra y del exilio

    “Todo lo que promueva el desarrollo de la cultura
    trabaja también contra la guerra”.

    Sigmund Freud.

     

    El libro “Traumas”, es un trabajo de Paco Ruiz, que ha recopilado el testimonio de 34 niños, mayoritariamente exiliados y sobrevivientes, víctimas, damnificados y, sobretodo, ciudadanos luchadores y comprometidos con un ideal democrático. Ellos han conseguido con su valentía, constancia y deseo de vivir, empeñarse en una lucha de por vida y, sobretodo por el conocimiento y reconocimiento de la historia.

    Estos testimonios dan cuenta del terror y posterior situación de horror que significa haber sufrido extrañamiento, cárcel, tortura, haber visto como desaparece un familiar y haber recibido un maltrato indigno y humillante. Con su testimonio también nos ayudan a comprender el comportamiento de los seres humanos en situaciones de extrema precariedad.

    Es imposible leer este libro sin estremecerse.

    Para leer este libro es indispensable hacer el salto de espectador pasivo o indiferente de la realidad a convertirse en ciudadano comprometido en la denuncia del horror y de sus consecuencias. Así, además de leer todos y cada uno de los testimonios que encontraréis a continuación, es preciso hacer un trabajo interno con nosotros mismos, a veces, contra nosotros mismos, que nos permita pasar de la posición de espectador a la de testigo.

    Porque el horror paraliza, espanta o fascina y ninguna de estas posturas es útil, dice Maurice Blanchot, los sujetos debemos resolver nuestra manera de actuar, sabiendo que la peor solución, la más cruel e inhumana es la de ser cómplice del silencio, de la clausura de la palabra, mirar hacia otro lado y vivir diciendo que aquí no pasa ni ha pasado nunca nada.

    Como decía Bruno Betthelheim, psicoanalista y persona internada en los campos de concentración de Dachau y de Buchenwald: “podemos encontrar tres tipos de respuesta ante situaciones traumáticas: aquellos que sus experiencias se encargaron de destruirles; aquellos que negaron el impacto profundo de sus experiencias, y aquellos que se embarcaron de por vida para intentar ser conscientes del horror de lo que había pasado y trataron así de poder confrontar las dimensiones más terribles de la existencia humana”.

     

    Quisieron ser conscientes del horror

    Este último comportamiento, es el que leemos en la mayoría de los relatos que encontraréis a continuación, es decir, el de “aquellos ciudadanos que se embarcaron de por vida para intentar ser conscientes del horror”, porque es, también, el que resulta más efectivo. A pesar de sus horribles experiencias, han sido capaces de vivir con los efectos de su experiencia sin que acabasen siendo destruidos por sus recuerdos. Sobretodo, porque aquello que les ha llevado a relatar su experiencia, a demanda de Paco Ruiz, ha sido la necesidad de hacerlas públicas, comunicarlas y liberarse de ellas.

    Este libro tiene también la virtud de mostrar de manera precisa e inmediata la guerra del 36, la posguerra, la dictadura, y los duros exilios internos y externos. Por tanto, contribuye al conocimiento de lo más profundo del ser humano.

    Es un conjunto de trabajos personales, que muestran como la persistencia de la memoria afecta las vidas personales de aquellos que sufrieron situaciones traumáticas y la de las generaciones posteriores.

    Nos obligan a reconocer como la persistencia y la insistencia de la memoria afecta a los sujetos, a todos aquellos que sufrieron situaciones traumáticas; a comprobar como los horrores y situaciones de terror han afectado a sus vidas cotidianas y la de sus descendientes; especialmente porque todos estos niños y niñas han vivido en una sociedad que ha cerrado los ojos, ha negado y tergiversado la historia y las crueldades del pasado.

    Dan cuenta de los sucesos de la vida que por su intensidad les impidieron dar una respuesta adecuada; situaciones en las que el traumatismo sobrepasó la capacidad de elaborar psíquicamente los avatares de la vida, y como, en algunos casos, y a partir de aquel momento, les generaron importantes trastornos físicos y psíquicos en primera, segunda, tercera y/o cuarta generación.

     

    La impunidad

    Es pues, indispensable que el mundo recuerde el sufrimiento de tanta muerte, tanto maltrato y tanta represión y la angustia de las familias y de su silencio, para que nunca, nunca más, se repita.

    Porque no se puede clausurar la historia. Porque la memoria del horror continúa estando presente; y porque debemos encontrar la forma de elaborar y dar significación a sus consecuencias.

    Porque la impunidad no es sólo un problema jurídico ni del pasado. La impunidad tiene una dimensión política. Es un problema de la sociedad. Y cuando una sociedad niega el crimen que todos conocen, cuando el horror se sabe pero no se admite, el mensaje edulcorado de inocencia es un efecto de impostura, de tergiversación y de mentira. No se produce un agujero de la memoria; lo que existe, entonces, es una negación y trivialización del crimen.

    Porque aquello que en lenguaje corriente se denomina olvido, no es otra cosa que represión de los recuerdos con la consiguiente tendencia al retorno de lo reprimido, sea a través de síntomas, sueños o lapsus. No tenemos duda que la recuperación de los recuerdos reprimidos y su correspondiente elaboración, cosa que hacen los testimonios de este libro, es decir, la desactivación de la carga psíquica y el apaciguamiento de su poder patógeno, tiene efectos terapéuticos.

     

    El trauma no caduca

    Como estos testimonios nos recuerdan, el trauma no es elaborable, no se tramita, y persiste por generaciones, pasa de madres a hijos, como la vivencia de un horror amenazante. Pasa como una pesadilla y entra en la persona de la generación siguiente como algo que hace daño y perdura. Y ello, especialmente, cuando se trata de situaciones de catástrofe social.

    Así vemos como el horror ocupó las mentes de los vencidos: los traumas marcaron sus existencias; como la guerra y sus consecuencias, no sólo se les continúan apareciendo en sueños, en pesadillas, en insomnios, en ansiedades, en angustias y/o enfermedades crónicas, sino también a partir de cualquier elemento de la vida cotidiana que les recuerde situaciones traumáticas: el hambre que pasaron, el frío calado en los huesos, las cartillas de racionamiento, las humillaciones, las amenazas, las marginaciones, las represalias, la cárcel y la clausura de la palabra y la imposibilidad de hacer el duelo que corresponde.

    Nos dan cuenta de cómo el exilio es una de las experiencias más intensas y desagradables a las que uno puede verse expuesto. Muchos hubieron de construir otra vida en otro lugar, a veces, incluso, cambiar de lengua. El exiliado político no va en busca de un mundo mejor, sino que se va huyendo, expulsado, intentando salvar la piel. Y además, arrastran la culpa por los que se quedaron, sometidos a penalidades.

    El exilio, como podemos leer, significa un corte biográfico brutal. Significa la pérdida de la propia identidad, niega la posibilidad de escoger, de fijar objetivos de futuro, de definir un proyecto de vida y de actuar en consecuencia. Todo se convierte en profundamente desestructurante y puede así considerarse como una forma de represión directa sobre la persona.

    La mayoría de exilios hacen referencia a lo central del trauma psíquico: la dialéctica de un conflicto, de una contradicción, entre la tendencia -muchas veces impuesta, y otras escogida para poder vivir- de negar y de olvidar y el deseo de saber y, como estos relatos, de testimoniar, de proclamar en voz alta, de dar significación a lo vivido, el desamparo, el miedo, la vergüenza, la humillación, el silencio, la culpa…. En definitiva, aquello que hace del sujeto un prisionero inexorable de procesos que le generarán dolor a lo largo de la vida.

     

    El exilio es la pérdida de lo que somos

    Porque el exilio no representa sólo una pérdida de lo vivido, sino que progresivamente va significando una pérdida de lo que somos, es decir, de la propia individualidad. Y como todas las pérdidas son significativas, es preciso que se haga el duelo, y todos los duelos han de ser elaborados. Pero en muchos de estos casos, el proceso de elaboración del duelo se ha ignorado, se ha retrasado, se ha demorado, y es por ello, que han aparecido dificultades importantes.

    Así, ante una situación inesperada: tenerse que exiliar de manera forzosa, o ante la pérdida de un ser querido por fusilamiento o desaparición, podemos ver como aparece una inhibición inicial y una prolongación de la negación. Todavía más cuando se trata de un duelo múltiple, es decir, cuando se pierden muchas cosas a la vez, todas importantes y significativas.

    Como nos dicen los relatos y sin ningún tipo de duda, los duelos del exilio, tanto el interno como el externo, afectan a la identidad, y a ello van añadiéndose diversas experiencias que llenan el exilio de un significado negativo.

    El exilio, para muchos, ha significado importantes dificultades: lo que no se puede explicar, lo que no se puede decir, y a menudo, se ha convertido en secretos y duelos ancestrales.

    Este maltrato grave y continuado en el tiempo, como hemos comprobado, comportó numerosos y graves síntomas a nivel de salud y de salud mental individual y familiar, tanto en la primera, como en la segunda, en la tercera y en la cuarta generación, y todo ello consecuencia de la rendición incondicional que impuso la dictadura, y de las masacres sistemáticas, especialmente entre las clases bajas, en las naciones oprimidas y en las mujeres. Porque aquí el terror, además de una actividad con finalidad represora, se convirtió en un método de control social y en un elemento importante de la forma de gobierno fascista.

    Todos los relatos incluidos en este libro, deben ser considerados testimonios, sin ninguna duda, relatos de ciudadanos y ciudadanas víctimas, damnificados/as y maltratado/as. Esta es su principal importancia.

    La mayoría de ellos han sufrido, todavía sufren hoy, situaciones de duelos congelados, evitados, ausentes, enmascarados o reprimidos, y de formas distintas han sufrido dificultades en su desarrollo afectivo y en la expresión de sus emociones.

     

    El silencio para sobrevivir

    Leemos y constatamos como para la mayoría de ellos se impuso el silencio como única posibilidad de sobrevivir. Y el silencio, es la voz de los sin voz. El silencio se constituyó en la metáfora de los horrores sufridos por una sociedad secuestrada por el terror, rota por el dolor y que perdió todo lo que tenía valor. De hecho, las prácticas genocidas lo que se proponen es: “Destruir aquello que tiene valor en si mismo: lo humano”.

    Y ante estas constataciones, ante tanta maldad, tanta crueldad, tanto maltrato, tanto sufrimiento y tanta muerte, podríamos preguntarnos: ¿Sería posible el olvido?

    Sabemos que el olvido no es posible, y todos los trabajos e investigaciones, realizados en muchos países, demuestran que las víctimas, los desaparecidos, los fusilados, están siempre, de alguna manera presentes en la memoria colectiva, porque las heridas y los fantasmas nos acompañan. El solo enunciado, ya demuestra que existen.

    Es por ello que este libro consigue una doble misión: dar voz a los sin voz, es decir, acompañarles a recuperar su derecho a tener derechos, y, sobretodo, explicar la represión ejercida por el fascismo. Muchos de los relatos reivindican también la memoria antifranquista, que es una manera de reivindicar la identidad, porque no hay identidad sin memoria.

    Nos dice Bruno Betthelheim, que la escritura no fue para él, sólo una reflexión sobre el horror nazi y sus repercusiones, sino que significó un instrumento fundamental para una mejor “integración de su persona”. Es decir, que el relato tuvo para él, un valor terapéutico específico, ya que su deseo no fue el de obtener un conocimiento científico, sino la necesidad de liberarse de sus experiencias.

    Es por tanto evidente que la amnesia, la anestesia, la que pretendía el olvido y el borrón y cuenta nueva colectiva durante la transición, es la misma que nos permite constatar que las heridas del pasado no han cicatrizado (“psi-catrizado”) y que el trauma no sólo perdura en los ciudadanos víctimas, y en sus familias, sino también en el imaginario social, y por tanto, afecta a la salud y a la salud mental toda la sociedad.

    Estos relatos han hecho un trabajo difícil, han recordado -han vuelto a pasar por el corazón- su historia, lo que les ha permitido también elaborar sus dificultades y resignificar sus heridas.

    Para ello, los testimonios se han visto obligados a hacer una tarea dolorosa, abrir temas que merecen mucho esfuerzo y mucho tiempo: memoria, olvido, sufrimiento, recuperación de la memoria histórica, silencio, recuerdos, y duelos no resueltos. Han tenido que ponerse, ellos mismos, en el centro como sujetos, sabiendo que los sujetos no nos presentamos en solitario, aislados, recortados, sino que estamos siempre vinculados a una red social determinada que se despliega en los diferentes contextos sociales, promueve transferencias y quedamos enredados en las que generan los demás.

    Han tenido que trabajar con lo social subjetivado, porque lo comunitario es una suma de subjetividades y en este territorio el inconsciente está en juego. Han trabajado con la represión de los recuerdos y con la consiguiente tendencia al retorno de lo reprimido a través de síntomas, sueños o lapsus.

    A través de los relatos observamos como estos niños y niñas exiliados no se resignan a que sus experiencias desaparezcan y mueran con ellos, expresan su necesidad de hablar y de relatar, y a la vez, y de alguna manera, también se liberan de la pesada mochila que han soportado durante años.

    Todos los relatos afirman y confirman que los traumas vividos, sobretodo en situaciones denominadas de catástrofe social, no se agotan en la generación que los sufrió directamente, sino que se trasmiten a sus descendientes, y, como decía antes, afectan a segundas, terceras y cuartas generaciones.

    Han hecho el difícil camino de volver narrable su experiencia por diferentes vías: testimonio, terapia y relato -sublimación, en definitiva- y sabemos que cuando es posible traducir el horror, y éste supera la queja y el llanto, estamos en condiciones de confiar en que la transmisión entre generaciones se recupera, al menos, en parte.

     

    Hay que hacer pedagogía

    Este libro honra los relatos de aquellos y aquellas que se vieron obligados, como dice José María Ruiz-Vargas, “a tragarse el dolor y las lágrimas, a ocultar y a renegar de sus ideas, a sufrir vergüenza por su condición ideológica o la de sus padres o abuelos”, a clausurar la palabra, y a ahogar su propia memoria y con ella toda posibilidad de elaborar sus malestares; honra a aquellos que fueron reducidos al maltrato continuado en los campos de concentración y en el exilio, y a la más espantosa degradación moral y física.

    Además de la función terapéutica primordial y restauradora que tiene este libro, observamos como realiza una función pedagógica para todos los lectores y para la comunidad, porque sus relatos nos permiten reconocer nuestra propia historia y evitar la tergiversación de la misma.

    Este libro recupera el testimonio de ciudadanos y ciudadanas, luchadores y luchadoras anónimos/as y nos permite reconocer su sufrimiento y el de sus familiares y ser conscientes de que, desde la disciplina de la salud mental, son el principal exponente que es preciso atender.

    Y no hay motivos que justifiquen ahora la desatención. Es una cuestión de derechos humanos lo que debe dar perfil prioritario a nuestro oficio de profesionales de la salud mental.

    Porque sabemos que en un escenario de terror y silencio, y con una psiquiatría entregada al régimen, era imposible que los “vencidos”, los “damnificados” pudieran elaborar sus traumas. Las medidas aplicadas durante la dictadura, optaban fundamentalmente por el control social característico de un régimen autoritario. Desafortunadamente no era posible encontrar ningún otro pensamiento, ya que, con el exilio, perdimos también importantes teóricos y clínicos formados antes de la guerra, como Emili Mira, Francesc Tosquelles o Ángel Garma.

     

    No es tiempo de rencores ni venganzas

    Es preciso sostener el acto de transmisión entre generaciones. La pretensión de esconderlo con la implantación de decretos de políticas de olvido tiene efectos paradójicos y contradictorios y produce consecuencias opuestas a las que se desean: genera resentimiento y división.

    Vemos como los testimonios demuestran que no es tiempo de rencores ni de venganzas, pero también que la justicia ante la ley y sobretodo ante la memoria es un requisito ineludible para revertir el pesimismo, la amargura y la desidia que impregna nuestra convivencia reciente. Nos dice Marcelo Viñar: “Sólo así se podrá conseguir que el vínculo social se recupere y volvamos a ser una comunidad con suficiente salud, ya que en las sociedades en que la lucha entre memoria y olvido continúa, se puede observar una relación, siempre traumática, con su pasado”.

    Como nos recordaba Freud: “Ninguna generación es capaz de disimular a las que le siguen los acontecimientos psíquicos significativos”. Entre estos acontecimientos psíquicos significativos debemos tener en cuenta tanto los positivos, (que conforman los ideales, valores, identificaciones, modos de defensa, mitos); como los negativos, que vienen marcados por el sufrimiento psíquico, por aquello que no ha podido ser contenido emocionalmente ni elaborado.

    Siguiendo a Eduardo Galeano, concluimos en que este libro nos ayuda y nos pone en condiciones de celebrar la memoria viva de todos los hombres y mujeres generosos de este país: ellos y ellas nos ayudan a no perder el rumbo, a no aceptar lo inaceptable, a no resignarnos nunca y, sobretodo, a no bajar del caballo de la dignidad.

    Contribuye a afianzar el camino indispensable de la recuperación de la memoria en un país que, todavía, parece condenado a la amnesia; un país donde aún hoy, setenta años más tarde, se siguen presentando las dificultades y las incertidumbres .

    Cruzaremos los dedos y continuaremos trabajando. Porque ¿qué sería de un país sin salud, sin democracia, sin memoria y, sobretodo, sin identidad?

     

    Anna Miñarro.
    Psicóloga clínica y psicoanalista, codirectora de la investigación “Trauma psiquic i transmissió intergeneracional”. (www.fccsm.net)

    Este artículo es la introducción del libro “Traumas: niños de la guerra y del exilio”, editado por la Asociación para la memoria histórica y democrática del Baix Llobregat: (memoria-antifranquista.com).

     

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